El impacto emocional de las mudanzas: un duelo silencioso que muchos estudiantes afrontan cada verano

Existen efectos psicológicos al cambiar de ciudad, una experiencia que viven miles de universitarios al finalizar el curso

Cada final de curso, miles de universitarios que han vivido fuera de casa durante el año académico se preparan para hacer las maletas y regresar a sus ciudades de origen. Un proceso aparentemente rutinario que, sin embargo, tiene un fuerte componente emocional. Desde el programa Si amanece nos vamos de Cadena SER, donde una alumna de Periodismo de la Universidad Villanueva realiza sus prácticas como becaria, la periodista experta en psicología Raquel Mascaraque ha analizado las implicaciones psicológicas de este tipo de cambios, especialmente comunes entre los jóvenes.

Mudarse: un proceso de duelo que no siempre se reconoce

Según Mascaraque, una mudanza no es solo un desplazamiento físico, es un duelo. Aunque el cambio sea voluntario, este lleva consigo dejar atrás rutinas, espacios conocidos y relaciones cotidianas que configuraban la vida diaria. “Todo aquello que se abandona muere simbólicamente”, explica. Por eso, la adaptación no es lineal ni inmediata.

La primera fase suele ser la negación, acompañada de la idealización del lugar o de la vida que se deja atrás. Al llegar al nuevo destino, todo parece estimulante: preparar la nueva vivienda, descubrir el barrio o experimentar cierta sensación de vacaciones.

Desorientación y comparación: las etapas menos visibles

Tras ese impulso inicial, puede aparecer una etapa menos mencionada: la desorientación. La experta la describe como un periodo en el que “el cerebro pierde sus mapas contextuales”. Surgen pensamientos como “no conozco a nadie” o “me siento rara sin motivo”.

A este desconcierto se suma la tendencia a comparar de manera constante el nuevo entorno con el anterior. No porque el pasado fuese perfecto, sino porque era familiar. Las comparaciones funcionan como una forma de negociación en el proceso de duelo: se valora lo perdido frente a lo que llega.

Relaciones que cambian y rutinas que se reconstruyen

Mascaraque subraya que otro efecto poco comentado de las mudanzas es el cambio en las relaciones personales. Algunas amistades, basadas en la espontaneidad y la proximidad, se enfrían. Otras, más sólidas, se mantienen a pesar de la distancia.

Este reajuste emocional puede generar tristeza, pero acaba dando paso a la reorganización: comienzan a construirse nuevas rutinas, lugares propios y hábitos cotidianos. Acciones tan simples como saber dónde aparcar, tener un recorrido habitual o dejar de usar el GPS generan una sensación creciente de estabilidad.

El mito del “nuevo comienzo”: mudarse no reinventa por sí solo

Entre los jóvenes es común la idea de que una mudanza supone un “nuevo comienzo” desde cero. Mascaraque desmonta este mito: cambiar de ciudad no transforma automáticamente la personalidad. El tiempo por sí mismo no modifica los patrones de comportamiento; lo hacen las decisiones que cada persona toma en ese nuevo contexto.

Mudarse, señala, “no es empezar de cero, sino recolocarse en el tablero”, un proceso que puede requerir alejarse temporalmente de personas queridas para acercarse al estilo de vida deseado.

Aceptación: la fase final que no siempre llega a tiempo

La psicóloga destaca que “somos la misma persona en todos los lugares donde vivimos”, aunque cada ciudad active distintas versiones de uno mismo. La aceptación llega cuando se reconoce que el cambio no borra la identidad, sino que la adapta.

Incluso cuando todas las cajas ya están deshechas, añade, el cerebro puede seguir “sin abrir las suyas”, guardadas metafóricamente bajo la cama. Por ello, la recomendación es dar espacio y tiempo al proceso sin exigir resultados inmediatos.