(Corto preseleccionado en el Villanueva Showing Festival 2025)
En el colegio es habitual que los profesores pregunten a los alumnos qué quieren ser de mayores. A las niñas se les pasan cientos de opciones por la cabeza: veterinarias, abogadas, enfermeras, juezas, profesoras y un sinfín de opciones más, sin dudar que puedan ser todo lo que ellas quieran ser, y por supuesto, sin renunciar a casarse y ser madres en algún momento de sus vidas. Sin embargo, hubo una época en la que a las niñas se les decía que su labor era únicamente esa: casarse, ser amas de casa y cuidar de su familia. Una sociedad marcada por los roles de género en la que el hombre llevaba el dinero a casa y la mujer cuidaba del hogar y los hijos.
La entrada de la mujer al mundo laboral no ha sido un regalo: es el resultado de décadas de lucha y reivindicaciones feministas. Armandina (86), Pilar (56) y Laura (20) son tres mujeres de distintas generaciones que han vivido la inserción al mundo laboral de formas muy diferentes. A través de sus palabras exploramos sus experiencias y cómo ha cambiado el rol de la mujer hasta el presente.
La autoridad masculina de la posguerra
Armandina es la pequeña de cuatro hermanas, creció en el seno de una familia humilde en Valliniello, un pueblo frente a la ría de Avilés. Su infancia, estuvo marcada por la posguerra; fue al colegio en San Sebastián, otro pueblo cercano al suyo. “El colegio me quedaba a media hora y estábamos todos los niños de seis a catorce años en la misma clase”, recuerda Armandina. Con catorce años dejó de estudiar y empezó a clases de costura, aunque nunca trabajó en ello.
Según cuenta, para ella y sus hermanas, la idea de trabajar fuera de casa era imposible porque su padre no les permitía hacerlo. “Mi padre decía siempre que trabajaba él. No le gustaba que nosotras lo hiciéramos”, afirma la anciana. Un reflejo de la mentalidad patriarcal arraigada en aquella época, donde la autoridad masculina no era cuestionable y la mujer se limitaba al hogar. Desde muy joven ayudó en casa; iba al río, donde lavaba la ropa, y cargaba cubos de agua hasta su vivienda porque no tenían agua corriente. Se casó con 23 años y tuvo a su primer hijo con 24. Siguió viviendo con sus padres porque no tenían dinero para irse a vivir a otro sitio, aunque se mudaron cuando sus hijos eran más mayores a un piso que les dio Ensidesa en el barrio de La Carriona, en Avilés.
Ver a otras mujeres trabajar fuera del hogar cuando ella era joven era algo poco común. Aun así, Armandina es una mujer con las ideas claras, y no ve mal que lo hagan mientras están solteras, para no tener que depender de sus padres. Aunque la cosa cambia si se casan y tienen hijos: en ese caso, cree que es mejor que se dediquen a la casa y a los “fíos” (expresión asturiana para referirse a los hijos). De todas formas, a ella sí le hubiera gustado trabajar fuera del hogar “en cualquier cosa”, para poder tener una vida un poco más cómoda. De haber tenido la oportunidad de estudiar, elegiría ser profesora o enfermera. Señala las diferencias de oportunidades laborales que hay en la actualidad y las de su generación: “Hay mucho más trabajo desde que abrieron las residencias de ancianos y los hospitales. Antes se cuidaba a la gente mayor en casa”. Esto ejemplifica cómo el aumento de los servicios sociales abrió nuevos campos de empleo para las mujeres.
A pesar de su arraigada mentalidad tradicional, a sus hijos los animó a estudiar – tanto a los tres varones como a su hija- y a buscarse la vida de forma independiente. Aunque con un matiz para la chica, si se casaba debía dedicarse a su familia, igual que hizo ella.
En busca de la conciliación maternal
Su hija Pilar, la tercera de cuatro hermanos y la única mujer, lo vivió de forma diferente. Ella estudió hasta los dieciocho años. Cuando acabó el instituto empezó peluquería, pero no lo terminó. Vivió su juventud durante los años del franquismo y la transición a la democracia. Ella sí trabajó fuera de casa y sus padres la animaron a hacerlo, “empezaban a salir trabajos que antes no había como cajera de supermercado”, declara Pilar. Así ilustra los nuevos roles accesibles para las mujeres, aunque a menudo en sectores con salarios más bajos y de menor prestigio. Se casó con 23 años y al quedarse embarazada la despidieron de su trabajo como cajera, una prueba de la poca conciliación con la vida familiar que había en aquel momento y que hoy – aunque ha mejorado – sigue siendo una cuenta pendiente.
Pilar estuvo un tiempo siendo ama de casa, más adelante decidió volver a trabajar y abrió una agencia de viajes. A su hijo lo dejaba con sus padres o en el comedor y extraescolares del colegio. Tras tener a su segunda hija volvió a dedicarse al hogar, aunque poco después regresó a trabajar, esta vez como camarera. Trabajar fuera del hogar supuso -para las mujeres como Pilar- buscarse la vida para conciliar y perderse muchas cosas de la infancia de sus hijos. Aun así, cree que la independencia económica es esencial, y anima a su hija a no renunciar a ella: “Yo siempre le digo que trabaje, que tenga su espacio para que no dependa de nadie. Incluso teniendo hijos porque a la larga se lo van a agradecer”, aconseja Pilar.
Un acercamiento a la igualdad laboral
Laura, nieta y sobrina respectivamente de las dos anteriores, es la viva imagen de la mujer joven actual. Compagina sus estudios universitarios de Educación Infantil con trabajos temporales de dependienta, una decisión con lo que sus padres estuvieron totalmente de acuerdo. Creció en la era tecnológica, en una sociedad donde la presencia de la mujer en el mundo laboral es mucho más común y aceptada. Para ella, quedarse en casa siendo ama de casa a tiempo completo no es una opción, aunque “es respetable si es lo que la mujer que lo decide quiere de verdad”, afirma.
Según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del cuarto trimestre de 2024 la tasa de actividad femenina española se sitúa en torno al 54%, frente al 64% de la actividad masculina. Un aumento significativo respecto a décadas anteriores, aunque aún por debajo.
La joven valora su crecimiento profesional como algo compatible a tener una familia: “Es algo que debería ser natural y que no tiene que afectar a que yo trabaje fuera. Mi futuro marido limpiará, yo cocinaré, o viceversa y ambos trabajando fuera de casa”. Este pensamiento, aunque parece de sentido común, es algo que aún cuesta asimilar. En España, las mujeres todavía dedican dos horas más al día que los hombres al trabajo doméstico y al cuidado de familiares. Esto supone una importante carga adicional que a menudo dificulta su desarrollo profesional, tal y como muestra el estudio Coste de oportunidad de la brecha de género de ClosinGap. La falta de conciliación entre la vida familiar y la laboral hace que muchas mujeres reduzcan su jornada profesional o incluso decidan salir del mercado de trabajo para dedicarse exclusivamente al hogar.
A pesar de los avances significativos en la incorporación de la mujer al mercado laboral, la brecha salarial entre hombres y mujeres en España sigue siendo preocupante. “Hay mujeres que en algunos trabajos cobran menos y aún se nos sigue viendo por debajo de los hombres en profesiones como bombero o policía”, señala Laura. Aunque las oportunidades para las mujeres son mayores hoy en día, un estudio de Comisiones Obreras de febrero de 2025 muestra la persistencia de la brecha situándola en torno al 19,6%. Una evidencia de que la igualdad real aún no se ha alcanzado.
Los testimonios de Armandina, Pilar y Laura son el reflejo de la evolución del papel de la mujer en el mundo laboral. Desde la exigencia de ser ama de casa hasta la búsqueda de una conciliación equilibrada, el acceso al trabajo ha sido un derecho conquistado a través del tiempo. Las tres generaciones coinciden en algo: trabajar fuera de casa no es solo una forma de obtener ingresos, sino también de libertad.









